La Ruta 23 en la Patagonia Argentina es un viaje que atraviesa desde la cordillera al mar la provincia de Río Negro en el sur argentino. Un recorrido que lleva al viajero por el corazón de la Patagonia, descubriendo los pueblos, cerros, mesetas, estaciones de ferrocarril, ríos y lagunas de la línea sur. El viento siempre presente. Historias se esconden tras su recorrido nos adentra en los pueblos de la línea sur. La Ruta 23 es un desafío para los viajeros aventureros, pero también es una fuente inagotable de inspiración para los artistas, poetas, músicos y escritores que han encontrado en sus paisajes la musa que necesitaban para crear. Este trabajo es una invitación a adentrarse en la Patagonia y descubrir todo lo que este maravilloso camino tiene para ofrecer. Hay relatos de viajes, anécdotas de los habitantes de la región, cuentos, historias, fotografías y lo necesario para prepararse para un viaje por la Ruta 23, una invitación a sumergirse en la cultura de la Patagonia Argentina, dejarse llevar por la aventura y descubrir los caminos de la línea sur.

Vieja Ruta 23

del cruce comienza el viaje
Vas visitando parajes
de toda la línea Sur
Aguada Cecilio como un Albur te va invitando a Vacheta
y vas siguiendo la meta
pal lao de Nahuel Niyeo.
A Ramos Mexía lo veo
que mira como si nada
hacia Sierra Colorada
y de esos cerros macucos
divisás a los Menucos
y pasás medio de lao
al llegar a Aguada de Guerra para continuar a Maquinchao.
Casi en el medio del viaje
saludás a Jacobacci, Clemente Onelli y lo besás a Comallo.
A Pilca te lo detallo
pasando por el Limay
la dulzura del michay.
En Dina Huapi termina
como un apostal divina.
Dejando atrás los parajes
por donde pasea usted
donde el cielo y su paisaje
se lo ve mucho más lindo por la ruta 23.

Daniel Millapi

Una tumba misteriosa en el cementerio de Clemente Onelli. La pasión de una hija por conocer las circunstancias de la muerte de su padre, ocurrida hace 60 años, la trajo desde Austria a la soledad inmensa de la Línea Sur rionegrina.

Estación de trenes Clemente onelli
Tumba en Clemente Onelli

Una mujer que viaja, sola, muchos miles de kilómetros desde Austria a la Patagonia para rescatar fragmentos de la historia de su padre y tratar de comprender los silencios de su propia madre. Un policía retirado que 60 años más tarde se encuentra, frente a frente, con la hija de aquel hombre cuyo cadáver “NN” vistió con su mejor camisa para darle piadosa sepultura. La sombra ominosa de los científicos y técnicos nazis refugiados en nuestro país después de la Segunda Guerra Mundial.
Todos estos datos están reunidos en este relato, que comienza el 15 de febrero de 1953, cerca de las 23:15, en el interior de un tren que volvía de Bariloche a Plaza Constitución cuando un pasajero muere de un infarto en el pasillo de uno de los coches dormitorio. El hombre volvía de unas vacaciones familiares en la cordillera, acompañado por su esposa y sus pequeños hijos, un varón de diez años y una niña de cinco. Poco después de la súbita muerte, que sorprendió al pasajero en ropa interior unos minutos antes de meterse en la cucheta, el convoy arribó a la estación de Onelli.
Allí la orden del guarda fue terminante: “Hay que bajar el cuerpo, el tren no se puede detener más de tres minutos”. En el reducido apeadero se encontraban el jefe ferroviario, el encargado de la estafeta del pueblo, Selem Chaina, y el responsable de guardia del destacamento policial, el agente José María Cumilaf. Este joven policía del territorio se hizo cargo del cuerpo y con la colaboración de otro agente y de algunos vecinos lo trasladó a la modesta dependencia. El cadáver, apenas vestido con un short corto, no presentaba ningún signo de violencia y decidieron enterrarlo cuanto antes, dado que temían una rápida putrefacción. Un vecino construyó el cajón y a la mañana siguiente, sin ceremonia alguna, lo sepultaron en el modesto cementerio. Como no sabían su nombre le colocaron una rústica cruz con la inscripción “NN” y dieron por terminada la tarea. Un par de días después doña Eduarda Hernández de Chaina, responsable del Registro Civil del pueblo, recibió los datos de filiación del occiso: Wilhelm Engelhardt, alemán, nacido el 5 de abril de 1909 en Nüremberg, con domicilio en la calle Dorrego 1910, de la localidad de Olivos, provincia de Buenos Aires. Con estos datos se extendió el acta de defunción, acompañada con la certificación del médico Jorge Marcelo David que viajaba en el mismo tren y había constatado el fallecimiento “de un infarto de miocardio, en presencia del abajo firmante”. Pasarían algunos meses y tal vez un año hasta que don Federico Dominick, un inmigrante alemán radicado en el pueblo desde varias décadas antes, recibió una suma de dinero para hacer construir la tumba y colocar la lápida sobre el mísero sepulcro. Desde algún paraje de la zona llegaron piedras de coloración rojiza y tal vez de Buenos Aires una placa de chapa, prolijamente grabada, que desde entonces identifican el sitio del descanso final y al accidentado viajero.
El paso del tiempo y los rigores ásperos del clima no pudieron arruinar el túmulo; pero algunos de los escasos testigos del episodio se alejaron de Onelli, otros fallecieron, y el olvido fue ganándole a las memorias de fogón y cocina. Una mujer rubia, muy comunicativa y animada por una enorme dosis de curiosidad, llegó hace pocos días a Onelli, en un auto contratado con chofer. Habló con varios de sus habitantes, incluyendo descendientes de la familia Chaina, para reconstruir la mayor cantidad de datos de los sucesos de aquellos días de febrero de 1953 y, naturalmente, le dedicó gran parte de su visita al silencio y los sollozos al pie de la tumba misteriosa. Esa mujer se llama Kristin Engelhardt y voló casi 13.000 kilómetros desde Viena a Bariloche, pasó por Esquel y finalmente recorrió la Ruta 23 desde la cordillera hacia Viedma, tras los rastros del viaje final de su padre. Su objetivo es armar las piezas de un doloroso rompecabezas. “Recién a los 40 años (ahora tiene 65) empecé a preguntarme por la muerte de mi padre, que era un recuerdo borroso, sepultado por el silencio de mi madre”, le contó a este cronista. “Ella intentó justificarse como que la Marina se iba a ocupar de traer el cuerpo para enterrarlo en Buenos Aires, pero la verdad es que quedó allá en ese lugar tan alejado y nunca se habló del tema hasta unos pocos años antes de su muerte, en el 2008, cuando yo había logrado enterarme de algunos detalles de la vida de mi padre en la Argentina a través de Lother Herold, otro alemán, muy conocido por su actividad como andinista”, agregó. Kristin afirma que su progenitor “era ingeniero en radiotelegrafía y tuvo grado militar y afiliación al partido nazi, pero no era un criminal de guerra; llegó a la Argentina en 1949, trabajó en la Marina, en la fábrica Siemens (de capitales alemanes), y daba clase en la Universidad de La Plata”. En Viedma, que fue el punto final de su itinerario patagónico la mujer tuvo un emotivo encuentro con el sargento de policía retirado Cumilaf, quien con sus lúcidos 83 años revivió con precisión aquella noche de hace seis décadas y el entierro posterior. “El hombre estaba con el torso desnudo y pensé que así no lo podíamos meter en el ataúd, entonces le puse una camisa blanca, de seda, que había comprado acá en la tienda La Piedad, porque me pareció que era lo mínimo que podía hacer por el difunto”, recordó con respetuosa memoria. Kristin tomó fotos y prolijos apuntes, es periodista (tiene una agencia de prensa institucional en Viena) y promete reunir toda la historia recuperada en un libro bilingüe para el que ya tiene título, en su versión en español. “Se llamará ‘Arroz con leche’ porque de aquellos años de infancia aquí me quedó el recuerdo imborrable de ese delicioso postre” aseguró, feliz pero con los ojos enrojecidos por el llanto.
Carlos Espinosa.

Pilcaniyeu, “triste” pero “centro comercial y ganadero de importancia”

Por Adrián Moyano.
Después de iniciar el retorno desde Bariloche hacia Buenos Aires con Neuquén como destino inicial, la viajera y cronista describió tramos de la actual Línea Sur con particular agudeza.
Para el verano de 1916, Pilcaniyeu probablemente experimentara más movimiento vehicular que en la actualidad. Por entonces, la localidad de la Línea Sur funcionaba como encrucijada para los caminos que vinculaban a Bariloche con Neuquén y también recibía tráfico desde Esquel y el Valle del Chubut. Dejó constancia de esa efervescencia Ada María Elflein, quien, después de conocer el Nahuel Huapi, inició su regreso hacia Buenos Aires a bordo de un Mercedes que describimos una semana atrás en El Cordillerano.
La unidad había partido desde aquí bien temprano y “a mediodía llegamos al pueblo de Pilcaniyen (sic) empalme de las líneas de automóviles entre Neuquén, Bariloche, 16 de Octubre (Esquel) y Chubut”, puntualizó la periodista, que se convirtió en pionera como viajera cronista. “Está asentado en el fondo de un valle rodeado de tétricas sierras rojas, erizadas de matas y de pasto duro y dispuestas en anfiteatro”.
Ada María encontró familiares esas fisonomías porque “a trechos nos recuerdan las desoladas montañas que limitan los páramos de Jujuy y Bolivia”. La arquitectura que a comienzos del siglo pasado caracterizaba a Bariloche, dejaba de advertirse. “Ya no vemos aquí las graciosas construcciones de madera de la frontera chilena. Todos los edificios son de adobe enlucido; y no hay nada más triste que el blanco crudo de la cal contra ese cielo de desierto, azul y duro como una cúpula de cobalto”, opinó la escritora.
Sin embargo, concedió que “Pilcaniyen, a pesar de esa nota de tristeza, es un centro comercial y ganadero de importancia. Se halla en el radio de la compañía de Tierras del Sur Limitada, poderosa sociedad inglesa, dueña de leguas y leguas de campo aquí donde los pobladores indígenas no poseen ni un metro de tierra”, cuestionó. “El tráfico de pasajeros que van y vienen en los automóviles, constituye otro elemento de vida”.
En efecto, “mientras almorzábamos, llegó el coche del Chubut con numerosos viajeros”. Interpretamos que la capitalina no se refería genéricamente a la vecina provincia, sino a las poblaciones sitas en el valle del río Chubut, porque consignó que “los que seguían para Bariloche o 16 de Octubre (denominación primera de Esquel) debían esperar en Pilcaniyen la combinación”. En tanto, “los que se dirigían a Neuquén partieron una hora después en el mismo coche en que habían llegado”.
Después de la pausa, Ada María, sus compañeras y compañeros continuaron hacia Comallo. “Durante toda aquella tarde atravesamos serrijones, mesetas y quebradas. Hallábamos un extraño encanto en los pequeños valles desiertos, encajonados y calientes, entre cerros rojos que parecen amontonamientos artificiales de piedras sueltas, de todo tamaño y forma, dispuestas de manera absolutamente distinta de sierra en sierra y que chispeaban al sol como trozos de vidrio. Salíamos de uno de esos laberintos y cruzábamos médanos y mallines. Aquí y allá veíamos casas de comercio; algún rancho miserable; construcciones de adobe con muros sin vanos, como fortalezas: un alfalfar color esmeralda en el marco gris del arenal y sobre el que revoloteaban millares de gorriones”. Notable fresco de la zona, cuando todavía no conocía al ferrocarril.
Un rato después, “antes de llegar a Cumallo (sic) atravesó la máquina (el automóvil) un vasto juncal completamente liso donde se lanzó a toda velocidad por la huella recta, sintiendo al parecer, como nosotros, el acicate del vértigo”, celebró la viajera. En ese tramo, “cruzamos varias veces un río de curso tortuoso, de barrancas altas, escarpadas y arenosas. Sobre el caudal del río hállase en construcción un puente”.
La cronista celebró con entusiasmo el avance de la infraestructura. “Nosotros en la capital, poco nos cuidamos de semejantes cosas: el lector de diarios que tropiece con la noticia de la inauguración de un puente sobre el río Cumallo, buscará quizá un instante en su memoria ese nombre geográfico y si no da con él, pasará con indiferencia al próximo artículo. ¡Un puente cualquiera sobre un arroyo cualquiera en la inmensidad del territorio argentino!”
Con razón, reflexionó Ada María: “Poco sabe el lector de lo que significa semejante obra para el poblador de la remota región: paso seguro en toda época del año por un curso de agua molesto siempre, infranqueable a menudo; ahorro de tiempo y de dinero, eliminación de inconvenientes y peligros; un progreso de imponderable valor para arrancar de su aislamiento a núcleos de población esparcidos por nuestro suelo”. Qué diría la empecinada viajera si supiera que 108 años después de su viaje, la Ruta Nacional 23 todavía no termina de asfaltarse.
Fuente

El mensaje de los cañadones

Escucho el mensaje de los cañadones
cañadones que guardan el eco
el eco de las voces de su gente
gente que crece en la esperanza
esperanza acurrucada en largos olvidos
olvidos injustos que tanto duelen
duelen de perdurar en el tiempo
tiempo que no vuelve
no vuelve porque se va con los vientos
vientos alocados e insistentes
insistentes en hacernos luchadores
luchadores incansablemente tolerantes
tolerantes de promesas incumplidas
promesas incumplidas que se alejan y se excusan
se excusan en los cambios de programas
programas que se reprograman permanentemente
permanentemente permanecen olvidando
olvidando las urgentes urgencias de la gente
la gente que transita caminos enripiados
enripiados una y otra vez y nada...
Y nada… pero los inviernos vuelven
vuelven y se quedan mucho tiempo
tiempo que pasa y genera impotencia
impotencia reiterada por los años de los años.
Años que se fueron, años que vienen
vienen con mercados que ven al sur
al sur como vìa posible
posible de corredores que conecten
conecten pueblos en todos los sentidos
los sentidos esencialmente esenciales
esenciales para mejorar vidas y regiones
regiones que aguardan y guardan
guardan mensajes entre cañadones
cañadones con “la última huella nacional”
“la última huella nacional” que esperó
esperó veintitrés veces veintitrés
que la nada deje de ser nada
y se haga realidad, para el bien de todos.
Elba González - Ingeniero Jacobacci

Meseta

Bastión de soledades olvidadas, de atardeceres largos en verano,
de horizontes nevados, de piedras volcánicas con memoria milenaria...
Meseta
Refugio de guanacos atentos en lo alto, de gente aguerrida dispersa en la inmensidad más absoluta,
de humedad en los mallines y abrazando cortaderas, de aguadas que resisten y esperan las nevadas.
Meseta
Cálida y fría
Fuerte y débil
Luz y sombra
Grito y silencio
Meseta
llena de contrastes
y misterios
a los que sólo los conoce y los descubre el viento...
Elba González - Ingeniero Jacobacci

A la chirrujué hay que saberla tratar

Adela nació en Anecón Chico pero, por esas cosas de la vida, se crió en Anecón Grande, en casa de un hermano casado. Era morena y silenciosa. No fue a la escuela, que por aquel tiempo era cosa de hombres. Aprendió a hilar y tejer, a cocinar y asistir a las chivas en la parición. Aprendió los nombres y los usos de las hierbas, a reconocer las piedras y descifrar sus formas, a estar atenta a cualquier indicio de la presencia de la chirrujué. Y sobre todo, aprendió a dejarse crecer con ese don adentro, que le habían profetizado. ¿Habrán pasado así unos doce inviernos?
Entonces el padre se presentó a buscarla. Fue para la señalada. En esos días también llegó al paraje un jovencito moreno de ojos achinados que pedía trabajo temporario. Se llamaba Rogelio. Alguien lo encaminó hacia lo de Cayumán, donde se criaba Adela. Los dos guardaban el mismo silencio y eso lo reconoció cada uno en la mirada del otro. Él, que no tenía en el mundo otra cosa que su sombra y andaba por allí buscando, creyó haber encontrado.
Sin embargo, cuando quiso acordarse, ella ya no estaba. Que la había llevado el padre a Jacobacci, le dijeron. Él le siguió el rastro pasando por los corredores de piedra. La buscó por el pueblo, por el campo, por las canteras de lajas y la mina de caliza. Nadie supo indicarle donde hallarla, aunque todos sabían que la muchacha y su padre habían pasado por allí. Al año siguiente, Rogelio volvió a Anecón para la señalada. Tenía la esperanza de encontrar a Adela; pero los vecinos le informaron que había estado en casa de su hermano y se había ido nuevamente con su padre. Si se apuraba, tal vez la podría encontrar en Onelli, donde tenían parientes.
Rogelio azuzó el caballo por los arenales. Llegó de noche a ese caserío de adobe que se desdibuja en el campo. Golpeó en cada casa. La gente que salía a abrirle lo recibió con humores diferentes. Pero todos le confirmaron que don Cayumán ya había pasado por allí con la hija, la esposa y los tres hijos menores, camino a Comallo. Rogelio los siguió por las arenas rojizas, por los cañadones cortados a pique en la piedra, atravesó el bosque petrificado. Tampoco en Comallo la encontró ese verano. Don Cayumán había estado allí de paso. Según decían algunos, con intenciones de ir a Los Menucos; otros, que había hablado de volverse a Chile porque en ese lugar no hallaba lo que pretendía. Parecía imposible seguirles el rastro y, sobre todo, no se entendía el deambular del padre con esa hija. Rogelio decidió dejar de buscarla.
Al año siguiente consiguió trabajo para la esquila más allá de Anecón Chico. Saliendo de Onelli por la huella atravesó los campos, abrió y cerró tranqueras, vio a las aves revolotear en las aguadas y a las ovejas saltar las matas de neneo. Pasó por la loma donde las rocas tienen agujeros como de balas, por el bajo donde se encuentran piedras redondas ahuecadas como mates, por los tramos mallinosos del camino.
Cuando llegó al campo donde lo esperaban, encontró a don Cayumán, que se había hecho dueño de la tierra, el ganado y las aguadas. Adela también estaba allí. Iba y venía atendiendo la casa y las órdenes de su padre. Bastó que cruzaran una mirada y algunas palabras con Rogelio para saber que se entendían.
El trabajó todo el día con los hombres. A la noche hubo carneada, asado y vino. Los ánimos se encresparon por algún entredicho o algún mal entendido. A don Cayumán, que en ese tiempo había perdido a su mujer y tres hijos, el alcohol se le había vuelto violento. Se trenzó en la discusión con pocas amenazas, antes de que relucieran los facones. Nadie pudo evitar nada. Los intentos por atenuar la riña sólo provocaron más heridos. Esa noche Adela atendió al padre hasta muy tarde. Rogelio no se acostó, por hacerle compañía. Pasó la noche en la cocina, preparando las infusiones que ella le indicaba. En algún momento debió vencerlo el sueño. La muchacha se escurrió y él quedó solo con el herido y su propia sombra, agigantada por la luz amarillenta del farol. Al amanecer, cuando ya era evidente que el hombre agonizaba, Rogelio salió al patio, donde algunos peones se aprontaban para el trabajo.
Preguntó por Adela. Un chico le dijo que la habían visto alejarse sola en dirección a la aguada grande. Le señaló el rumbo, más allá de una colina iluminada por las primeras claridades. Rogelio se dirigió al lugar. Trepó la colina y desde la cima divisó detrás de otra loma un extremo de la aguada. Bajó a un cañadón brillante de cantos rodados y, ni bien empezó a subir de nuevo, vio algo que lo sacudió: era la huella de la chirrujué, la piedra que atraía la riqueza. Desde chico había oído hablar de ella. La gente describía las marcas que sabía dejar al desplazarse sola por el campo, sin que ninguna voluntad la gobernara, salvo la de aquellos que nacían con el don. Desde chico, como cualquiera, había deseado tenerla y, como cualquiera, había soñado con poseer el don. Siguió el rastro entre ansioso y atemorizado, porque a la chirrujué hay que saberla tratar y porque era una mala pasada del destino encontrarla justo en el momento en que esperaba reunirse con Adela.
Del otro lado de la loma, junto al agua, terminaba la huella. Y su doble búsqueda. Corrió cuesta abajo hasta el lugar donde la joven se enfrentaba a la piedra con forma de cabeza humana.
-¿Y esto?
-A la chirrujué no hay que buscarla, hay que dejarse encontrar- respondió ella con tristeza.
-¿Ustedes la buscaban? -Mi padre... Si me hubiera hecho caso... A la chirrujué hay que saberla tratar, si no, junto con la riqueza, trae la peor desgracia.
-Vamos, entonces, no la alces, vamos lejos de aquí.
-No hace falta.
-¿Y quién te dijo a vos que la vas a poder mandar?
Ella lo miró a los ojos en silencio.
-Entonces...
Entonces se quedaron en la casa, con el campo, la hacienda, las aguadas y la chirrujué.
«Por eso no se entiende, sollozaba don Rogelio, que vinieran los gringos a echarnos de la tierra, diciendo que ellos tenían papeles. No se entiende cómo la Adela murió de sobreparto; justo ella que salvaba a las otras con los teses. Que a los hijos los llevaron a un Hogar en Roca, dicen algunos y otros, que están en Bariloche. Cuando volví de Viedma, de protestar en Tierras, no tenía más familia, ni campo, ni animales».
Y yo, que vengo de la ciudad y poco conozco de todo eso, qué querés que te diga, ver a un hombre grande lloriqueando por un caso que, seguramente, está perdido ante la ley... No te puedo decir lo que sentí. No sé si hice bien. Lo único que atiné a contestarle fue que la chirrujué sigue en la tierra. Algún día el gringo la va a buscar, por codicioso, y cuando la encuentre la va a alzar. Eso le va pasar. Y él, gringo como es, mire si la va a saber tratar.
Silvia Alejandra García.

Monchi y el caballo de plata

Cuando los padres de Monchi se separaron, su mamá se fue con él a Bariloche. En la ciudad tenía una hermana, que les hizo lugar en su departamento mientras ella buscaba trabajo.
La tía Verónica también era separada y no se había vuelto a casar. Tenía dos nenas mucho más chicas que Monchi. El padre de las nenas vivía cerca y las iba a buscar seguido. Cuando las traía de vuelta y se despedía, siempre le decía a él que le encargaba a todas esas mujeres, porque era el hombre de la casa.
Eso a Monchi le gustaba. Pero más le gustaba cuando terminaban las clases y se iba al campo a visitar a su papá. Le ponían un aviso en la radio para comunicarle qué día viajaba, su mamá y su tía lo llevaban a la terminal de ómnibus y lo saludaban con la mano mientras el micro salía. Entonces sí, se sentía grande.
El colectivo se apartaba enseguida del asfalto y entraba en la ruta de ripio, dejaba atrás los últimos barrios y avanzaba por la ruta 23 entre los potreros sin alambrar y los cerros cada vez más bajos, rematados en paredones de roca labrada por el viento. Había que pasar un par de pueblos grandes hasta llegar al parador de la ruta, cerca de Aguada de Guerra, donde su papá lo esperaba con caballos. Entonces se palmeaban las espaldas y se alegraban los dos medio en silencio, porque su padre era hombre de pocas palabras, sobre todo desde que se había quedado viviendo solo en el puesto.
Desde la ruta hasta la casa había sólo tres horas a caballo, pero esas tres horas le devolvían a Monchi una alegría que no sentía en ninguna otra parte ni al hacer ninguna otra cosa. No recordaba cuándo había aprendido a montar. En realidad, no imaginaba algún momento de su vida en que no lo hubiera hecho. Con el viento en la cara, entre las matas espinosas, recorría el campo sin pensar en nada, dejándose gozar.
La casa de su papá sí que era linda. Tenía el piso de cemento alisado y las paredes hechas con ladrillones de adobe. Junto a la cocina a leña estaba su cama de antes, que siempre lo esperaba. Cerca se hallaban el galpón, el corral de los caballos y las cuchas de los tres perros.
Estar allí era lo mejor que le podía pasar. Salía a la mañana, después del mate cocido, a cabalgar sin rumbo, sin límites, sin nadie más que su caballo y los tres perros, que siempre lo seguían. A veces asustaba a los guanacos, que se escapaban a velocidades increíbles. Otras veces se detenía a curiosear nidos de aves, el cadáver de algún animal o a juntar piedras. El tordillo y los perros siempre lo esperaban.
Una mañana el sol apretó desde temprano. Raro era que el viento no se hiciera sentir. Para colmo, Monchi había salido sin gorra y en el camino no habían cruzado ni un hilo de agua para hacer beber a los animales y refrescarse un poco. Se habían alejado demasiado. Llegaba el mediodía y estaban a mucha distancia de la casa. Entonces decidió pasar por una aguada a la que nunca antes se había acercado. A él no le daba miedo, porque se sabía cuidar solo. Quién iba a ser tan tonto de meterse al agua, sabiendo que de allí no se salía más. Quién se iba a dejar tentar por más maravillas que viera, si en el lugar todos sabían que aquello era un menuco y en el fondo estaba la salamanca. Pensaba en eso para darse ánimos, mientras torcía el rumbo hacia la aguada.
En poco tiempo empezó a divisarla. El agua resplandecía con furor. Era tanta la reverberación, que no se distinguía dónde acababa la superficie del bañado y dónde empezaba a ondular el aire. La visión era extrañamente poderosa. Más se acercaba a ella, más deseos sentía de avanzar. “Hasta la orilla” pensó “para que los animales tomen agua y me voy.” Siguió adelante.
Casi llegaba a la tierra húmeda del contorno cuando vio emerger de las profundidades un caballo blanco y brillante. Salía de las aguas con paso sereno, firme. Se detuvo en el borde de la aguada, exhibiendo su porte. Tenía las crines y la cola sin cortar. Seguro que no tenía dueño. Monchi desmontó sin pensar en lo que hacía. Quiso tocarlo. Por algún motivo, contra toda razón, intuyó que el caballo lo esperaba y que él podría montarlo. Se fue acercando. ¿Y si no era manso? Él lo amansaba. Ese caballo reluciente, ese caballo de plata sería suyo. Y él sería domador. Se acercó más. Aunque sus perros ladraban, el caballo de plata permanecía inmóvil, a la espera. Se lo quedaría para siempre. De pronto el animal echó a andar. Lentamente se adentraba en el agua. Monchi se apresuró a seguirlo. No quería perderlo.
A sus espaldas, alguno de los perros empezó a aullar. Escuchó los cascos del tordillo, que escapaba. Él mantenía la vista fija en el caballo de plata y avanzaba con paso firme y sereno hacia el agua.
Un resbalón, un pie atorado en el barro, la caída y el no poder levantarse fueron todo en un segundo. Dejó de prestar atención al animal cuando entendió que se hundía. Trató de levantarse pero, al desenterrar un pie, se le atascaba el otro. Trastabilló y cayó de bruces. Cada vez le resultaba más difícil poder salir del mallín. Los perros aullaban y ladraban, nerviosos, hasta que uno se animó a acercarse y lo agarró de un brazo. Lo lastimaba, es cierto, pero apenas logró arrastrarlo un poco, los otros dos se le sumaron. Algo mordido, sucio, transpirado y con la remera rota, Monchi llegó a la tierra firme arrastrado por los perros, que, ni bien comprendieron que el chico estaba a salvo, le hicieron fiestas por un rato largo. Cuando se calmaron, Monchi miró hacia el agua. No había ni rastros del caballo albino, ni siquiera otras huellas que las suyas y las de sus perros, en la orilla. Su tordillo no estaba demasiado lejos. Lo alcanzó a pie y, todos juntos, regresaron a la casa.
-¡Pero mirá que sos...!- le dijo el padre.- ¡¿Cómo se te ocurrió seguir al caballo de plata?! ¿No sabés que es un peligro?
Cuando volvió a Bariloche, les contó a su madre y a sus tíos lo que le había pasado. Lo contaba a borbotones, volvía a sentir fascinación y miedo, no podía parar de hablar.
-¡Monchi!- exclamó Verónica- ¡Mirá si te hundías en el menuco!
- Parece mentira, ya sos grande...- le dijo el tío.
-¡El caballo de plata!- murmuró la mamá. Cerró los ojos y lo abrazó muy fuerte, durante mucho rato, como cuando era chico.
Silvia Alejandra García.

Línea sur

Han llegado a mi voces antiguas
que amanecen en cálidos misterios,
de memoria y silencio.
Me uno a vos en el tronco
de una historia. De oasis valcheteros
que hacen vinos
tan fuertes
como su verde.
Desde ese Ramos Mexía
o del pórfido o la laja
tan duros
como el viento.
De uces minerales,
de desiertos
desde la tierra del guanaco
y de la oveja
donde el cóndor
y el choique fueron dueños.
De la ruta Veintitrés y ese silbato
del tren que unió sueños,
dio el nombre e mi región
y marcó el tiempo.
Para que juntos, vos y yo,
buscáramos otra historia,
donde la Línea Sur se nos mostara
tal cual es...
Bastión inseparable de valores
donde prima el ser amigo
y e respeto.
La convivencia solidaria
tan firme como el viento.
Leticia Lencina - Los Menucos.

Provinciania

Tramo visceral y austero
custodiando la meseta.
Mancha Blanca con Aguada
Ceciclio y allá Valcheta

¡Cómo se vé la impotencia
en tu ámbito polvoriento!
Chiquitito el Nahue Niyeu
y Ramos pobre y sediento.

Esculpida en soledades
con sus sueños postergada
la Línea Sur se adormece
entrando a Sierra Colorada.

Como brindando cobijo
en el camino que baja
te saludan Los Menucos
amigos y piedra laja.

Se acrecientan soledades
en tus caminos de tierra,
¡qué pobre se ve la vida
allá en Aguada de Guerra!

Y ya más cerca Maquinchao
la distinguen las majadas
riqueza de mi provincia
en el tiempo postergada.

Jacobacci mineral
ferroviaria y extendida
con cantores y oetas
y el michay que te convida.

Soledades en Comallo
y Onelli con la ventisca
va durmiendo la intemperie
de tu latitud arisca

Y la ruta veintitrés
al costado de los rieles
uniendo las esperanzas
de pueblos pobres y
fieles.

Inhóspita y silente
así es la tierra mía
aguantando de porfiada
su brusca provinciania.

Jorge Castañeda - Valcheta.

Viento en contra

Despuntaba el sol sobre la meseta. A pocos metros, la estación cortaba el desierto y el tren definía su silueta contra el cielo despejado. Sandra puso la pava al fuego y miró por la ventana. ¿Cuánto tiempo más iba a aguantar así ? Ya llevaba dos años en el pueblo donde se sentía feliz hasta este último domingo en que todo pareció tomar un giro vertiginoso en contra de su destino. Como el viento del este que en ese momento hacía girar los pastos secos cambiándoles el rumbo sin previo aviso.
La imagen le trajo el recuerdo de tres meses atrás, cuando los neneos rodaban como esferas a los costados del ferrocarril que parecía empujado por el viento árido de la estepa. El pueblo esperaba el tren cada vez que el reloj de la plaza marcaba las ocho de la mañana. Aquel día, desde un aula, Sandra vio al grupo de pasajeros que caminó en dirección al municipio. Sabía que una organización integrada por voluntarios de diferentes puntos del país, traía molinos al campo patagónico.
Ese mediodía, la docente entrenada en dinámicas de integración, invitó a sentarse intercalados a los voluntarios de la fundación con los chicos de la escuela de manera tal que luego de los primeros bocados, ya fluía el murmullo de la charla. Miguel se sentó al lado de ella. Conversaron trivialidades. Sandra se preguntaba de dónde sería, de Entre Ríos o Misiones, tal vez. “De Corrientes” le aclaró él, “me trasladaron hace poco, apenas conozco a la gente de la fundación. Estoy medio de colado porque disfruto de estas experiencias pero en realidad, pertenezco a otra organización”.
Salieron al campo apenas terminaron el almuerzo. Ella preparó el equipo de mate y le ofreció a Miguel ir en su auto hasta el lugar de trabajo. Dos camionetas esperaban para transportar al resto. Los molinos ya habían sido distribuidos por la empresa a lo largo del sector donde iban a ser instalados. En pocas horas colocaron las primeras máquinas, pero iban a necesitar unas dos jornadas más hasta certificar que todo quedara funcionando según lo planificado. Regresaron al albergue con los últimos rayos del sol que caían opacos sobre la tierra seca. Todo estaba organizado para alojar a los visitantes. Sandra acompañó a los chicos de la escuela en las rutinas de la cena y luego se reunió con la gente de la organización en un comedor más pequeño donde comieron y conversaron animadamente hasta la hora del descanso. Miguel seguía a Sandra con la vista, admiraba esa capacidad de tomar decisiones y la ternura y el respeto con que se relacionaba con los chicos. Jugaron al rummy, luego al “chancho va” y se divirtieron como niños. Bien entrada la noche, improvisaron un dormitorio en un aula para los visitantes y ella se fue a su casa, a metros del albergue.
Al día siguiente salieron temprano a continuar con la tarea. Sandra y Miguel repitieron el recorrido en el auto. Él cebaba mate, ella conducía con determinación por esos caminos polvorientos y sinuosos. El cabello recogido le quedaba bien, pensó Miguel, pero más le gustaba verla cuando se bajaba del auto. Menuda como era, tenía mucha firmeza en sus movimientos y en su cuerpo también. De pronto se sorprendió con la vista fija en el trasero de Sandra y apartó la mirada con culpa cuando ella giró después de dar unas indicaciones al grupo de chicos que se quedaría en ese lugar a trabajar. Turbado todavía por la irrupción de su impertinente pensamiento, trató de retomar la charla y le preguntó cómo hacía para sostener el coraje en la soledad de ese pueblo. “A veces me olvido de que soy una mujer” dijo Sandra y sonrió. Miguel le pasó un mate sin escuchar la respuesta, sólo sintió que sus dedos se tocaron. Estaba preocupándose por esa falta de control de sí mismo, cuando Sandra le avisó que lo iba a dejar con otro grupo cerca del río y que ella iba a continuar el recorrido con la idea de asistir a quien lo necesitara. Él pensó que el esfuerzo físico del trabajo iba a cansar al diablo que lo acechaba con la tentación, así que en cuanto pudo, cavó todas las zanjas necesarias con eficacia.
Sandra continuó unos kilómetros más hacia el este. Apenas pasó el puente, detuvo el auto en medio de la soledad de la estepa. Estiró el cuello y se miró en el espejo retrovisor. “A veces me olvido de que soy una mujer”. Se había abandonado un poco el último tiempo pero esa respuesta traía a la superficie la inminente necesidad de recordarse. ¿Cuánto hacía que no la tocaba un hombre? La última vez había sido como un año atrás, cuando el médico del pueblo se acercó a la escuela a preguntar por el rendimiento de su hijo y terminó en su cama contándole que las cosas con su mujer ya no funcionaban, como no funcionaron con ella tampoco, porque no resultó ser la eterna segunda. Y aparece este Miguel con su melena enrulada, con ese aspecto desprolijo y hermoso, de gestos tiernos y espontáneos, envuelto en un misterio indescifrable. ¿Qué guardaban sus silencios y la actitud esquiva de su mirada? Aunque le escapara, lo atraía, de eso no tenía dudas. Crecía la imagen de Miguel mientras sentía una taquicardia placentera y el calor le trepaba hasta el cuello con un latido incontrolable. Estiró la mirada hacia la meseta desierta, atrás el puente vacío, las manos activas bajo la remera, el cierre del pantalón abajo, los dedos inquietos, la boca abierta, la espalda relajada en el asiento, la cadera intensa hacia adelante y una exhalación de alivio que empañó con un soplido de aliento, la ventanilla.
Le dio arranque al auto y volvió sobre lo andado a buscar a la gente. Miguel la esperaba en el mismo sitio donde lo había dejado. Esa noche, el municipio agasajó a sus visitantes con un asado. Alguien tocó la guitarra y los acordes de zambas y chacareras despertaron a la gente cansada. Miguel esquivó a Sandra todo lo que pudo. Evitó mirarla, ensayó la indiferencia y le salió perfecto cuando ella le preguntó si se animaba a bailar un chamamé y él le contestó que no, que haría un papelón, seguro. Así, con esa sonrisa de siempre, como si nada. Desorientada, Sandra se sintió fuera de circuito y se dirigió hacia una de las mesas, se sirvió un poco de vino en un vaso y pensó en pedirle salir del salón. Con la excusa de tomar aire, lo enfrentaría a su contradicción y un leve acercamiento sería suficiente para decidirlo a ponerse de acuerdo con su deseo. Pero cuando lo buscó con la vista, Miguel ya no estaba.
La noche caía sobre la estepa. Indolente, tejía sombras en los rincones del pueblo que simulaba dormir. Sandra sabía por experiencia, que las miradas atravesaban las celosías. Acostumbraba a fumarse el único cigarrillo del día antes de acostarse mientras disfrutaba del frío nocturno y de la quietud del pinar. Por allí caminaba cuando se topó con Miguel. El desconcierto la sacó de su elegante comodidad de anfitriona. La luna llena dominaba por encima de las coníferas. Él, sin palabras, la tomó por la cintura y la atrajo hacia su cuerpo. El gesto la sorprendió pero acompañó con decisión y lo llevó hacia atrás de un pino. Miguel la besó, primero lentamente, una y otra vez. Sandra respondió con desmesura. Él besaba con la magia de un principiante pero con la memoria de un experto que llevaba mucho tiempo sin hacerlo; sabía buscar en el hueco de la otra boca ese toque excitante de las lenguas, sabía provocar la súbita muerte de la razón y buscar en el otro aliento su propia salvación. Ella sabía de la importancia de la espera, la interrupción como gota que prepara el deseo; abría caminos sobre la otra piel, recorría la espalda bajo la ropa, se acercaba al cinturón y se alejaba. Subía hacia el vello del pecho y volvía a la espalda mientras sentía la presión de la pelvis de Miguel sobre la suya.
Las manos de él subieron de la cintura al cuello, bajaron el cierre de la campera y recorrieron el pullover hasta introducirse por debajo de la blusa, hasta tocar el vientre donde se aquietaron un instante. Sandra deseó que bajara, sintió los pulgares unidos, tibios, indagando sobre el borde del pantalón. Pero treparon despacio, hasta tocar los pezones duros por debajo del corpiño. Ella comenzó a desabrocharle el cinturón. En ese instante, Miguel retiró las manos, retiró la boca de la boca de Sandra y apoyó su frente sobre el hombro de ella. Balbuceó “perdón” y se quedó ahí por un minuto, como si tuviera vergüenza de mirarla a la cara. “¿Qué pasa?” “Pasa mucho. Te pido disculpas, es difícil de entender.”. “¡Qué te parece! Lo que sea, es mejor decirlo ahora.” dijo ella. “Seguro, dame tiempo, Sandra” “Otra vez un casado... Me los encuentro todos” pensó ella. Caminaron de regreso, sin hablar, hasta la puerta de la casa. Sandra se acercó para besarlo, él la detuvo con suavidad y le dijo hasta mañana.
Temprano, una nueva helada endurecía la tierra. En los pasillos del albergue los adolescentes circulaban hacia el comedor y entre ellos, Sandra parecía una más del grupo. Miguel había entrado leña y la apilaba prolijamente al costado de una estufa. “Buen día, Sandra. ¡Qué silenciosos son estos gurises!” Ella lo hubiera saludado con un beso pero sólo contestó el buen día y agregó que “en un rato se van a despertar. Igual, no esperes el bullicio de las grandes ciudades. Son más para adentro y más reflexivos. Cuesta conocer lo que piensan, pero cuando lo conseguís… Quiero verte esta noche, Miguel. No pude dormir. Creo que me merezco una explicación”, agregó en un tono más bajo cuando notó que estaban aislados de la multitud. Miguel quitó la vista de los ojos de Sandra y murmuró “voy en la camioneta con los chicos al campo”.
Una hilera de mimbres se estiraba en curvas y contracurvas marcando el curso del agua. Los molinos instalados en la loma cercana al río parecían gigantes de tres brazos custodiando el campo abierto. Sandra vio a Miguel escabullirse entre los chicos todo el tiempo, pero al mediodía, cuando todos sacaron las viandas para el almuerzo, uno de ellos dijo haber olvidado la suya en la escuela. Miguel se ofreció a buscarla, Sandra se ofreció a llevarlo. Apenas pasado el puente, detuvo el auto y bastaron siete minutos. Nada más. Sin explicaciones y sin preguntas, templaron el frío. Empañaron los vidrios, se recorrieron enteros con las bocas, con las manos. Fueron río entre las piedras, acariciando, salpicando, deslizándose luego hasta el remanso. “La vianda…” dijo Miguel sonriendo sobre los ojos de Sandra.
La jornada resultó productiva, completaron la instalación de todos los molinos y los probaron. Sólo se necesitaba un buen viento para confirmar el éxito de la tarea. Con el cuerpo cansado pero con la satisfacción que los energizaba a pleno, volvieron al albergue al caer la tarde. Se escuchaban los cantos de los chicos al bajar de las camionetas; y en las caras de todos, se veía el goce de la misión cumplida.
Esa noche hubo empanadas y palabras de agradecimiento. Hubo baile y luego descanso. No fue así para ellos que volvieron a encontrarse amparados por las sombras, en la casa donde él se había negado a entrar la noche anterior. Se exploraron tramo a tramo, primero despacio, luego con urgencia hasta terminar exhaustos. Durmieron abrazados respirándose, siguiendo uno el ritmo del otro, borrachos de placer y calma. Al amanecer, cuando ella se despertó, él ya no estaba.
Lo buscó temprano, antes de la partida del tren. El grupo se despedía en el andén con abrazos; algunos de los chicos de la escuela escondían su emoción en risas nerviosas, los ojos brillantes como una noche madura, las gracias repetidas, los deseos de viento y energía, las promesas de encontrarse nuevamente. Pero ni huellas de Miguel.
Sandra las encontró un domingo en la ciudad. Fue en noviembre, cuando acompañó a un grupo de adolescentes a un taller de orientación vocacional. Iba en el colectivo que transportaba a los chicos hacia el hostel y le pareció ver de espaldas su inconfundible melena enrulada. “Es obsesión” se dijo. Pero apenas encontró la oportunidad en el tiempo de descanso, caminó hasta la parroquia Inmaculada Concepción donde lo había visto entrar. Comenzaba la misa de las siete de la tarde y Miguel se estaba poniendo la estola del otro lado del altar.
Ese ocho de diciembre, celebración del día de La Inmaculada Concepción, la parroquia se llenó de gente . Sandra se mezcló en la fila de las personas que comulgaban sin tener intenciones de hacerlo. Caminó hacia el altar, intentó siempre mantenerse detrás de alguien que la ocultara de él. Llegó ante el sacerdote; Miguel, con la vista sobre la copa, tomó una hostia, “el cuerpo de Cristo”... levantó la mirada, ella le tomó la mano y frenó su movimiento. “No quiero el cuerpo de Cristo, quiero que te confieses ante toda esta gente” dijo en un susurro. “Sandra… por favor”. “O blanqueás tus pecados delante de todos o lo hago yo”. “Tengo que decirte algo antes, pero ahora dejame terminar, te lo pido…” “Señores, señoras”... dijo Sandra.
“Sandra, por favor”... un vuelco en la respiración lo sonrojó hasta hacerlo temblar.
Sandra giró hacia la puerta de salida. Caminaba lento y se abría espacio entre la gente. Nadie más comulgaba, la seguían con la vista sin emitir palabra. Miguel con la hostia en la mano, mantuvo la mirada fija en la nuca de ella.

Gladys Peña